El sistema para quién

No debe sorprendernos que el sistema siempre falle. Está diseñado para hacerlo. Falla a las mujeres. Falla a las infancias. Falla a las personas mayores. Falla a los pueblos indígenas. Falla a las periferias. Falla a las personas racializadas. Falla a quienes viven con discapacidad. Falla a quienes migran. Le falla a cualquier persona  que desde su origen se encuentre fuera un molde diseñado a la imagen y semejanza de sus propios dueños. Por ello, el diseño parte de una experiencia específica, privilegiada y con mucho mucho capital, desde el económico hasta el cultural.

Cuando hablo del sistema me refiero a la forma en que el mundo se organiza y reproduce día con día. Me refiero al mercado laboral, al acceso a la justicia, a la educación, a la salud, a la seguridad. Nuestras instituciones no son ajenas al sistema; por el contrario, operan en su favor perpetuando sus vicios de origen. Las brechas salariales persisten entre hombres y mujeres. La pobreza en América Latina mantiene un rostro indígena. El código postal sigue definiendo la expectativa de vida de una persona. Quienes habitan la periferia resienten con mayor fuerza los estragos de los presupuestos mal utilizados. Los ejemplos no son nuevos, se repiten en distintos países y contextos. Ése es el sistema.

En la actualidad, en todo el mundo se convive con fervientes protectores del sistema. Gobiernos, corporaciones y élites políticas protegen sistemas que históricamente han excluido a la mayoría. Se promueven proyectos que priorizan intereses económicos y geopolíticos por encima de la vida, desde Nuevo Polanco hasta Nueva Gaza –con sus muy debidas proporciones–. La reconstrucción como progreso cuando menos borra identidades; cuando más, a pueblos enteros. Así, el sistema se reinventa con nuevos discursos y mantiene intacta su estructura.

El sistema requiere transformación y ésta jamás vendrá de quienes viven de sostener el estatus quo. Vendrá de quienes conocen el costo diario de existir al margen. Vivimos tiempos convulsos ante los que me  rehuso a ceder. Me niego a ceder ante las falsas disyuntivas y ante el autoritarismo disfrazado de orden. Me niego a que cedamos ante la falta de empatía convertida en política pública. Ceder implicaría aceptar la exclusión como regla y normalizar la violencia y el abandono institucional para legitimar un sistema con vicios de origen repudiables.

Frente a este escenario, la pasividad sostiene al sistema. Transformar exige involucrarse y organizarse. Exige fortalecer redes de la sociedad civil y acompañar causas concretas. La Red por la Justicia y la Equidad convoca a actuar desde ahí, a ejercer presión social y a disputar las decisiones que afectan la vida cotidiana. Porque la acción colectiva sigue siendo el arma que por excelenacia le hace frente a un sistema que insiste en excluir.

Jimena Blancas Machuca

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